GABRIEL SILVEIRA

En la nueva película The Circle, basada en la novela de 2013 de Dave Eggers, una mujer joven se une a una empresa del estilo de Google y se queda maravillada por su campus repleto de comodidades, trabajadores con talento y la visión de unificar y simplificar las vidas digitales de las personas. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que la influencia de The Circle sobre el mundo exterior es menos positiva de lo que parece: su líder insta al resto de personas a transmitir sus vidas completas por streaming y los usuarios que no lo aceptan se ven de repente vigilados, juzgados y hasta incluso perseguidos por turbas furiosas.

Eggers no investigó realmente en profundidad para su libro, algo que molestó a varios miembros de la comunidad tecnológica. No obstante, la historia parece inquietantemente profética en su retrato de la brecha que separa a quien diseña y produce la tecnología y todos los demás; es decir, los que quieren "reinventar nuestro mundo" y los que experimentan esos cambios y se sienten amenazados por ellos. De hecho, varias obras de no ficción publicadas este año exploran la misma brecha cada vez más problemática.

En The Upstarts, el periodista Brad Stone ofrece historias de los niños tecnológicos bonitos Airbnb y Uber, ofrece una mirada a mundos que los no tecnólogos rara vez logran ver. Vemos a empleados de Airbnb jugar al ping-pong en la oficina, practicar yoga durante sus descansos, disputar partidos de balón prisionero y defender la visión del CEO de la empresa, Brian Chesky, de unir a las personas. En los carteles de la oficina se leen cosas como "Pertenece a cualquier lugar" y "Amor Airbnb". En una escena descrita por Stone, Chesky cuenta a sus trabajadores que aunque se rió en un principio de la sugerencia de un compañero de que la comunidad de Airbnb podría ganar algún día un Premio Nobel, ha llegado a creer que no es una idea tan descabellada. (Para que conste, sí lo es).

Uber ofrece sus propios beneficios. La empresa tiene una larga tradición de lo que en inglés se conoce como workationuna especie de "vacaciones laborales" pagadas en las que se trabaja pero como si se estuviera de vacaciones. Esto significó enviar 5.000 personas a un retiro de cuatro días en Las Vegas (EEUU) en 2015. Los asistentes participaron en diferentes seminarios y escucharon al consejero delegado de la empresa de transporte, Travis Kalanick, presentar una nueva declaración de valores centrada en mejorar las ciudades gracias a un transporte más eficiente. Los trabajadores de la compañía también fueron voluntarios en un banco de alimentos local y disfrutaron de ofertas de ocio especiales por las noches, incluido un concierto privado de la inversora de Uber Beyoncé.

Stone demuestra, sin embargo, que fuera de Silicon Valley (EEUU) la percepción de Airbnb y Uber es menos halagüeña. En 2012, por ejemplo, un neoyorquino que alquiló su habitación a través de la plataforma de Airbnb fue acusado de regentar un hotel transitorio ilegal; aunque la empresa presentó un escrito en su defensa, ésta rehusó ofrecerle servicios legales. Otros anfitriones se han enfrentado a una suerte similar, y los investigadores han encontrado niveles alarmantes de discriminación en la plataforma: los aspirantes a huésped de color tienen muchas menos posibilidades de ser aceptados que los caucásicos. Uber ha sido acusada de incumplir leyes locales de transporte, destruir el porvenir de los taxistas con licencia, poner a los pasajeros en peligro y evitar ofrecer un salario y beneficios adecuados a sus propios conductores. Este año, Kalanick fue cazado incluso en vídeo discutiendo con uno de ellos sobre su remuneración. (Y sus problemas no son únicamente externos: la empresa se ha enfrentado recientemente a críticas por supuestamente ignorar casos de acoso sexual a sus trabajadoras).

Otros gigantes tecnológicos se enfrentan también a críticas cada vez mayores: Facebook está acusada de difundir noticias falsas, Twitter ha evitado solucionar el problema del acoso en su plataforma y Google sigue disputando batallas antimonopolio en Europa. El mundo tecnológico en general ha socavado la privacidad y contribuido a la desigualdad de ingresos al habilitar la automatización de cosas que antes representaban trabajos humanos.

Piense en los retratos contradictorios dibujados por dos nuevas obras: Valley of the Gods, de la periodista Alexandra Wolfe, y The Complacent Class, del economista Tyler Cowen. Wolfe se centra en el fundador de PayPal, Peter Thiel, y un grupo de adolescentes seleccionados por su fundación para abandonar los estudios universitarios y fundar empresas, pero también nos permite conocer una amplia variedad de subculturas tecnológicas – desde seasteaderspolígamos y aquellos que, como Thiel, persiguen la inmortalidad al invertir en tecnologías diseñadas para alargar la vida. La sugerencia no es que estas búsquedas estén equivocadas de por sí, sino que nacen de un deseo irrefrenable de empujar los límites, tanto tecnológicos como sociales, más allá.

Mientras tanto, en el resto del país, Cowen sostiene que la mayoría de "los estadounidenses están de hecho trabajando mucho más duro que antes para posponer el cambio o evitarlo por completo". Por ejemplo, mientras que muchas start-ups se siguen creando en los centros tecnológicos del país, hace décadas que la apertura de nuevos negocios presenta una dinámica descendente.

¿Intentará el mundo tecnológico cerrar esta brecha? ¿Cambiará del modelo tradicional de "avanzar rápido y romper cosas" a otro que siga siendo ágil e innovador, pero también tenga en cuenta las implicaciones sociales más amplias y de largo alcance? No lo creo. La respuesta de Uber a las críticas se ha basado hasta ahora en gran parte de lo que Stone denomina la "Ley de Travis". Si el producto es lo suficientemente bueno, los consumidores lo demandarán y su apoyo permitirá el éxito. Aunque Airbnb ha mantenido una imagen pública más amable que otras empresas tecnológicas, Stone relata sus tácticas "sin guante", desde el envío masivo de spam a anfitriones potenciales durante sus primeros días hasta negarse a la solicitud de datos de clientes de la ciudad de Nueva York (EEUU).

En enero, el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, anunció su objetivo de reunirse con personas de cada estado que aún no ha visitado, una señal de implicación comunitaria. Sin embargo, algunos de sus compañeros tienen  motivaciones más oscuras. Thiel le ha contado al New York Times que apoya el "Calexit", la propuesta liderada por la comunidad tecnológica estadounidense de que California se independice de Estados Unidos. Y, según el New Yorker, el nuevo pasatiempo favorito en Silicon Valley es prepararse para el fin del mundo: comprar terrenos, suministros y hasta armas para maximizar las posibilidades de sobrevivir a un desastre apocalíptico.  

Existe un peligro tremendo aquí. El mundo tecnológico no puede aislarse –dentro de campus empresariales y espacios de coworking hoy, y quién sabe dónde mañana– y negarse a lidiar con la desigualdad, la diversidad y otros temas sociales. Asimismo, el resto de la sociedad debe resistirse a la tentación y tendencia de defender los empleos y barrios tal y como eran antes, a favorecer la preservación frente a la renovación. Necesitamos encontrar un término medio.

En The Circle, un trabajador de la empresa sí intenta eliminar el peligro que provoca la tecnología, pero finalmente es vencido. En cualquier caso, en el mundo real no existen héroes misteriosos al acecho para salvarnos. Silicon Valley ha de esforzarse más para asegurarse de jugar un papel productivo en la sociedad. Al mismo tiempo, los no tecnólogos han de aceptar que, aunque el cambio es difícil, la tecnología puede aportar progreso, no solo desorden.