Nuestros cerebros contienen casi 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales está conectada, de media, con alrededor de otras 10.000 neuronas más. Estas maravillas de 1,5 kilogramos que hemos heredado de nuestros antepasados tienen una potencia computacional y unas habilidades analíticas sin igual. Su capacidad y funcionamiento es el resultado de cientos de millones de años de evolución favoreciendo las acciones y comportamientos que, en un pasado lejano, aumentaban las posibilidades de sobrevivir y reproducirse.  

Sin embargo, y aunque todos esos millones de años han creado un cerebro capaz de resolver problemas de gran complejidad, crear arte y sentir compasión, nuestros ingeniosos cerebros nos decepcionan en un aspecto: los gases de efecto invernadero y otras consecuencias de nuestro estilo de vida actual suponen una amenaza cada vez mayor para el planeta y sus diversas formas de vida interconectada, incluida la nuestra, la humana.

¿Cómo ha podido fallar nuestro increíble cerebro en lo que quizá suponga el mayor reto colectivo para la humanidad?

Mientras usted lee este artículo, miles de científicos, ingenieros, legisladores y activistas de todo el mundo trabajan con toda la potencia cerebral que son capaces de reunir para intentar resolver esta crisis medioambiental con iniciativas tecnológicas y sociales. Pero varios científicos creen que este mismo equipo neuronal heredado torpedea cualquier esfuerzo porque algunos aspectos básicos de nuestros cerebros están diseñados para un mundo distinto del actual. Mientras que muchos expertos del comportamiento se han centrado en nuestra incapacidad para percibir el cambio climático como una amenaza inmediata, otros han empezado a centrarse en las principales consecuencias de nuestro consumo excesivo. Una red crítica que podría tener parte de la culpa podría ser el propio sistema de recompensas del cerebro.  

A diferencia de la connotación que presupone su nombre, el sistema de recompensas del cerebro no está diseñado para hacer que nos sintamos bien. Más bien está diseñado para ayudarnos a aprender. En concreto, para conectar y promover asociaciones que aumenten los comportamientos que también fomentan la supervivencia y la reproducción de la especie. O eso hacía al menos antes del cambio climático. Los progresos de la neurociencia durante las últimas décadas han mejorado nuestra comprensión de cómo funciona este increíble sistema mucho más allá del antiguo concepto "reptil", cuando se creía que actuaba básicamente a partir de impulsos "primitivos". Por el contrario, ese sistema de recompensas está reconocido ahora como un complejo y cuidadosamente diseñado conjunto de redes ubicado en el centro del cerebro, el mismo lugar donde "toma el pulso" de todo lo que nos ocurra segundo a segundo y filtrado por el vasto almacén de su experiencia pasada. Mientras que la neurona promedio está conectada con otras 10.000 células, partes del sistema de recompensas tienen células con 50 veces más conexiones cada una.

El sistema de recompensas ha sido moldeado por aquello que promocionaba la supervivencia durante los vastos eones de la historia evolutiva de los humanos. Por ejemplo, puesto que, por lo general, nuestros cerebros se desarrollaron durante tiempos en los que la comida escaseaba y sentir el deseo de comer cuando hubiera comida disponible podía marcar la diferencia entre vivir y morir, la mayoría de los humanos encontramos gratificante la comida que consumimos sin esfuerzo y por encima de nuestras necesidades calóricas a corto plazo; no sea que no volvamos a comer hasta dentro de dos días. Por eso, si se encuentra en una sala de reuniones con una caja de donuts delante, podría resultarle muy difícil resistir la tentación de comerse uno. Para la mayoría de nosotros, aparcar el coche lejos de nuestro destino requiere un esfuerzo consciente, ignorar ese subidón de satisfacción al encontrar la plaza libre más cercana: conservar energías significaba sobrevivir.

El sistema de recompensas del cerebro

Nuestros cerebros también han evolucionado para ser recompensados por la novedad, una cualidad explotada por los diseñadores de productos y anunciantes. Esta preferencia por lo nuevo se ha mantenido en nuestra herencia genética por la ventaja que suponía para sobrevivir. Sin ella, no habríamos explorado cosas nuevas ni habríamos sido capaces de inventar soluciones novedosas para los problemas que planteaban unas circunstancias siempre cambiantes.

Esto ayuda a explicar por qué consumimos siempre que podemos, incluso si no necesitamos hacerlo. Por ejemplo, el estadounidense promedio tira el 40% de su comida, más de 10 millones de toneladas cada año. De forma similar, tiramos un gran volumen de todo tipo de "cosas" que solo utilizamos de forma temporal para después reemplazarlas. Todo este consumo y sus desperdicios asociados contribuyen a las emisiones de gases de efecto invernadero y al cambio climático. Las personas que viven en partes del mundo con altos niveles de ingresos producen un volumen de gases de efecto invernadero mucho mayor per cápita en comparación con las personas que viven en países de ingresos más bajos. Hasta las personas que defienden con más pasión el medioambiente tienen problemas para no generar más desperdicios de los que querrían. ¿Por qué no paramos de hacerlo sin más? 

Una respuesta podría ser la manera en que funciona el sistema de recompensas de nuestro cerebro. Décadas de investigaciones en diversos campos, como la fisiología unicelular, la economía conductual y las técnicas de imagen avanzada han demostrado que los circuitos de recompensa mesolímbicos de los humanos, al igual que los cangrejos de río y las ratas, responden con más fuerza a recompensas pequeñas, variables, intermitentes e impredecibles. Un pulso constante y en alerta de diminutas "subidas" de dopamina –millones de veces más rápidas y numerosas que los tuits y actualizaciones de Facebook– ayudan a dirigir nuestras acciones en las mismas direcciones que han fomentado la supervivencia de la especie durante millones de años de prehistoria. Sí, todos somos diferentes según nuestros genes y experiencias vitales, y algunas personas consumen mucho menos que otras –los europeos, por ejemplo, tiran menos comida que los estadounidenses–, pero todos compartimos la predisposición de encontrar determinadas opciones más gratificantes desde el punto de vista de la dopamina.  

Por ejemplo, para la mayoría de nosotros, la recompensa a corto plazo que nos proporciona el cerebro al comer un trozo de chocolate es más intensa que la recompensa de "soy una persona genial con una fuerza de voluntad increíble" que recibimos al no comerlo. Esa sensación maravillosa que experimentamos al ver nuestros nuevos muebles de salón se desvanece con el paso del tiempo, por lo que dentro de unos meses nos sentiremos con ganas de asumir un nuevo proyecto de decoración. A lo largo de la historia humana, ha sido especialmente útil recibir recompensas mentales que vienen y van tan deprisa para poder aprender nuevas asociaciones; una de las claves de nuestro éxito como especie a la hora de poblar hasta el último rincón del planeta y adaptarnos a una miríada de culturas. Como regla general, nuestros cerebros nos programan para querer más y más y más –de hecho, más de lo que tengan los de alrededor, tanto "cosas" como estímulos y novedades– porque eso era lo que nos ayudaba a sobrevivir durante el pasado lejano de la evolución cerebral. Sin embargo, en su forma más extrema, esto da paso a la adicción, ya sea a las drogas, el juego, e incluso internet y las compras.

Cada cerebro es distinto

Aunque nuestros cerebros han heredado la predisposición a guiar nuestro comportamiento en determinadas direcciones, cada cerebro es distinto. Si no, todos reaccionaríamos del mismo modo a todo, nos gustaría y disgustaría lo mismo. También es cierto que el sistema de recompensas del cerebro se puede modificar. Los hechos aprendidos, la experiencia de cada persona, pueden alterar esta ecuación de modo que algo que resultaba gratificante se convierte en desagradable: los exfumadores son un buen ejemplo. Pero depender únicamente de información externa para modificar nuestro sistema de recompensas en un proceso difícil, lento y poco fiable. Si no, perder peso se haría en un chasquido de dedos.

En su lugar, las organizaciones y empresas que quieren promover un consumo más sostenible adoptan un enfoque distinto. En lugar de intentar cambiar la ecuación del sistema de recompensas con información fáctica –algo que ha reportado un éxito limitado–, estas empresas intentan trabajar con las cosas que la evolución nos hace encontrar gratificantes. Ofrecen opciones alternativas para encauzar a las personas hacia comportamientos sostenibles. En esencia, este enfoque enmarca el lado medioambiental de la recompensa como "la guinda", pero la alternativa en sí se trata como algo que la mayoría ya encontramos gratificante, el "pastel".

La comida local a menudo sí sabe mejor, y tiene una huella de carbono más pequeña. ¿Quiere cambiar los muebles? Convertir muebles viejos en "chic" le proporcionará la recompensa de "algo nuevo", la satisfacción y la creatividad de idearlos y hacerlos, y encima habrá hecho algo bueno para el planeta. ¡Una recompensa triple! Su agente de viajes describe su destino de vacaciones en el estado colindante como lujoso, relajante y, además, una ganga porque no implica el coste ni económico ni ambiental de un vuelo de larga distancia. Usted podría sentirse satisfecho por haber comprado un paquete tan fenomenal; no por ser buena persona (una recompensa más pequeña), sino por tener conocimiento de algo realmente maravilloso (una recompensa más grande). La mayoría de las personas que se siente atraída por los vehículos de Tesla cree que molan, tienen estilo y funcionan genial. Ese es el pastel, sus ventajas ecológicas, la guinda.

Buscar la satisfacción en el día a día

La mayoría de nosotros queremos tomar decisiones que respeten el medioambiente e incorporarlas en los objetivos de nuestras empresas, pero nos cuesta lograrlo. Se podría lograr un mayor éxito al vincular el beneficio de preservar el medioambiente a algo que el cerebro esté predispuesto a desear, incluso en personas que no prioricen necesariamente la sostenibilidad. Las cosas que funcionan mejor, tienen un caché social y hacen que la vida resulte más agradable de alguna manera tangible tienen más posibilidades de ser aceptadas y encontrar un mercado.

La buena noticia es que nuestro cerebro también acostumbra a encontrar gratificante la resolución de problemas. Si la gente que prioriza el cuidado del medioambiente trata nuestras inclinaciones evolutivas como un puzle a resolver, quizá mejore también nuestra capacidad de trabajar con ellas para promocionar la sostenibilidad. Es un objetivo que merece la pena perseguir; se calcula que el 40% de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero per cápita es generado por decisiones que dependen de nosotros como individuos. Un reto mayor sería identificar formas de convertir las recompensas del trabajo dentro de las empresas e instituciones –los elogios, los ascensos, las subidas de sueldo y la satisfacción laboral– también se alineen con objetivos medioambientales, para empezar a abordar el otro 60%.