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En una firma pública en la Casa Blanca, el pasado jueves 8 de marzo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciaba que impondría aranceles del 25% y el 10% en el acero y el aluminio, respectivamente. Tras recurrir el año pasado a una ley de la época de la Guerra Fría que rara vez se utilizaba, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, había pasado nueve meses investigando si las importaciones de acero y aluminio representaban una amenaza para la seguridad nacional estadounidense. Ross concluyó que las importaciones eran una amenaza y recomendó a Trump imponer nuevas restricciones que cubren cerca de 46.1 billones de dólares (unos 3.747.000 millones de euros) de las importaciones, o alrededor del 2% de las importaciones totales de bienes de EE.UU. en 2017.

Solo una semana antes, Trump había emitido el inesperado comunicado de que iba a imponer estos aranceles a todos los socios comerciales. Los aranceles habrían eliminado aproximadamente  14.2 billones de dólares (alrededor de unos 1.154.000 millones de euros) de acero y aluminio extranjeros del mercado estadounidense. Los aranceles aumentarían los precios de los metales y en consecuencia esto elevaría los costes para las industrias posteriores –como los fabricantes de automóviles y electrodomésticos– y los haría menos competitivos. De hecho, el fabricante europeo de electrodomésticos Electrolux abandonó una inversión de 250 millones de dólares (cerca de 203 millones de euros) en Tennessee (EE. UU.) debido a los aranceles.

Estas serían las mayores restricciones comerciales del presidente Trump hasta la fecha, hundiendo las importaciones cargadas por los impuestos a los paneles solares y las lavadoras en enero.

Después de todo, Trump no dijo que su plan arancelario fuera para todos. Su mensaje estuvo lleno no solo de excepciones, sino de amenazas, incentivos e incertidumbre. En resumen, fue característico de la desviación de su administración de un enfoque consistente basado en reglas para los asuntos globales.

Sus comunicados del 8 de marzo comenzaron con la noticia de que Canadá y México serían excluidos del plan arancelario, "por el momento". Durante su discurso, dejó abierta la posibilidad de dar marcha atrás e imponer los aranceles si los socios hemisféricos no renegociaban los términos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) a su gusto.

Como resultado, no hay un final próximo en las polémicas conversaciones del TLCAN que Trump provocó el verano pasado. Por lo tanto, si Canadá y México serán finalmente afectados todavía es una gran incógnita–estos dos países son el primer y el cuarto mayor proveedor de metales en Estados Unidos, respectivamente–. La ley bajo la cual Trump ha creado el plan arancelario otorga al presidente una tremenda autoridad para realizar este tipo de cambios de forma bastante arbitraria y esto significa que el presidente podría cambiar de opinión e incluir a Canadá y México en los aranceles.

Pero esto no es todo. Las dos declaraciones de Trump no entrarán en vigor hasta el 23 de marzo y, en su discurso del jueves, el presidente invitó a otros socios comerciales –en particular a aliados de seguridad– a comenzar a negociar con el representante comercial de Estados Unidos, Robert Lighthizer, si también desean ser excluidos del plan arancelario de Trump. Los socios tienen todos los incentivos para intentarlo; no solo el plan arancelario de Trump los deja en desventaja en relación con las empresas de EE. UU., sino que las exclusiones de Canadá y México significan que los aliados son menos competitivos en relación con el acero y el aluminio de toda América del Norte.

Lighthizer se dirige a Bruselas para reunirse con la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström. La Unión Europea fue la segunda fuente extranjera de acero y aluminio de EE. UU. –después de Canadá– con importaciones en 7.300 millones de dólares (unos 5.934 millones de euros) en 2017. La UE ya ha alineado su respuesta arancelaria de represalias si se ve afectada por el plan arancelario de Trump –incluidos los impuestos a las exportaciones estadounidenses de arándanos, pantalones vaqueros y bourbon.  

El que también tiene programado asistir a la reunión de Bruselas es el ministro de comercio de Japón, Hiroshige Seko, otro aliado militar de EE. UU. Con Canadá y México exentos, Japón se convierte en la mayor fuente estadounidense de acero y aluminio que podría enfrentar el plan arancelario de Trump, con 1.8 billones de dólares (unos 146.000 millones de euros) en exportaciones en 2017. Corea del Sur se eleva al segundo objetivo más grande con 2.9 billones de dólares (cerca de 236.000 mil millones de euros). Trump bien puede usar estos aranceles para ejercer influencia y de alguna manera ajustar los términos del Tratado de Libre Comercio entre Corea del Sur y Estados Unidos (TLC KORUS) de seis años de antigüedad.

La ironía es que la vinculación del comercio y la seguridad nacional de Trump hasta ahora ha terminado apuntando a más aliados que enemigos.

El plan arancelario de Trump finalmente afectará a muy pocas importaciones de China. Esto se debe a que un legado anterior de aranceles especiales de EE. UU. –en virtud de leyes comerciales antidumping y antisubvención en lugar de exenciones de seguridad nacional– implica que hoy en día EE. UU. importa muy poco acero y aluminio de China directamente. China representa alrededor del 6% de las importaciones de esos productos en Estados Unidos.

Todo esto a pesar del hecho de que una de las grandes preocupaciones para las industrias del acero y el aluminio es el exceso de capacidad global. Gran parte de eso se ha centrado en China, que aumentó su participación de menos de un tercio en 2005 a aproximadamente la mitad de la capacidad mundial de acero en la actualidad.

Después de solo un año en el cargo, Trump introdujo cambios importantes en el curso de la política comercial estadounidense. La imposición de aranceles de los Estados Unidos en virtud de esta ley de seguridad nacional es una de las medidas de política comercial más controvertidas en décadas.

Pero el comunicado del jueves del plan arancelario está lejos de ser el final de esta historia. Trump ha hecho una declaración aún más amplia al vincular estos aranceles a las conversaciones del TLCAN, las alianzas de seguridad y las relaciones comerciales existentes con socios estadounidenses tradicionales. Las revelaciones del comunicado del jueves fueron solo el último movimiento de Trump alejado de un enfoque predecible y basado en reglas consistentes para la política comercial estadounidense.