El éxito de los negocios y el éxito de Estados Unidos dependen el uno del otro, piensa el antiguo secretario del Tesoro de Estados Unidos de 1999 a 2001, durante la presidencia de Bill Clinton, Larry Summers. Tanto uno como otro, añade, dependen "del aperturismo global, la ausencia de prejuicios y la toma de decisiones a partir de hechos".

Summers, que también ha sido director del Consejo Económico Nacional de Estados Unidos (de enero de 2009 a diciembre de 2010) durante la presidencia de Barack Obama, critica el planteamiento proteccionista y las primeras órdenes ejecutivas del actual presidente de EE.UU., Donald Trump. Para Summers, las medidas de Trump y sus primeras órdenes ejecutivas socavarán la economía y los intereses del país a largo plazo.

Cuando hablé recientemente con él, Summers instaba a los líderes empresariales a luchar y defender sus principios: "Si los CEO que dan trabajo a cientos de miles de personas no están correctamente posicionados para decirle la verdad al Gobierno, ¿quién lo estará?". Lo que sigue a continuación es una versión editada de nuestra conversación.  

HBR: Esta administración tan solo lleva unos días de vida. Pocos negocios quieren encontrarse sin parar en  la esfera política, e imagino que mucha gente cree que están escogiendo sus batallas. ¿Debería todo el mundo saltar ahora a la palestra política?

Summers: Tienes que juzgar cómo de insólito es este momento. Encontré las imágenes de refugiados siendo detenidos en los aeropuertos bastante insólita. Encontré el espectáculo de Estados Unidos aporreando México y hablando de construir un muro de unos 18 metros de altura y 3.800 kilómetros de largo bastante insólito. Los que no lo consideren insólito o extraordinario desde luego no deberían hablar. Pero creo que hay mucha gente que sí lo ven así, y en ese contexto creo que es apropiado hablar con precaución.

Mira, hay cosas que se pueden aplaudir. Hay muchas personas que creen que existe una regulación excesiva y acogen de buen grado las iniciativas para reducir la normativa o reformular los impuestos a las empresas.

Pero si se va a hablar de responsabilidad cívica, como hacen muchos líderes empresariales, si se va a hablar de "largoplacismo", como hacen casi todos los líderes empresariales ahora, ¿qué podría representar un tema a largo plazo más importante para los negocios estadounidenses que el liderazgo estadounidense del mundo? Pero no veo que los líderes de las empresas hablen en contra del proteccionismo en público. Está muy claro que, en privado, muchos de ellos están preocupados por los últimos movimientos hacia el proteccionismo.

¿Cómo cree que las personas del ámbito empresarial deberían responder a las órdenes del presidente Trump que no les afecten directamente? Adentrarse en la esfera política tiene sus riesgos y beneficios, pero también ser neutral.

Los líderes empresariales siempre hablan de la importancia del "largoplacismo". Un aspecto del largoplacismo es apoyar a la sociedad en la que está arraigado un negocio. Históricamente, la trayectoria de los negocios a la hora de enfrentarse a gobiernos malos no es demasiado buena, tanto si se trata de Europa durante la década de 1930 como de Latinoamérica durante las décadas de 1970 y 1980. Pienso que los líderes empresariales, sobre todo los de las grandes multinacionales, tienen un enorme interés en que Estados Unidos luche por un sistema global abierto y lo que yo llamaría los valores de la Estatua de la Libertad: aperturismo y libertad. También interesa un Gobierno que tome decisiones políticas a partir de hechos y pruebas, no corazonadas y presentimientos. Esos tres valores se han puesto en cuestión durante los últimos días. Me decepciona no ver a más dirigentes de empresas levantar la voz y expresar sus dudas.

El nuevo presidente ha recibido un buen empuje gracias a un grupo de responsables empresariales que han aceptado su invitación para formar parte de su grupo de asesores económicos. Ese grupo se reunirá esta semana [por el viernes pasado], y será muy importante comprobar si está dispuesto a decirle la verdad al Gobierno, a expresar su preocupación. Por supuesto, hacerlo requiere valor. Los negocios se arriesgan a ser atacados por un tuit que podría perjudicar el valor de sus acciones. Pero cuando hablamos de largoplacismo, cuando hablamos de los valores superiores que intentamos enseñar en la Escuela de Negocios de Harvard (EEUU) y que predican los CEO, me parece a mí que el aperturismo global, la ausencia de prejuicios y las decisiones a partir de hechos son fundamentales. Insistir en la importancia de estas cosas es un deber y una responsabilidad de los dirigentes de empresas.

Creo que algunas personas de ese consejo asesor piensan: "Quiero influir en esta administración. Si voy a tener esa oportunidad, no puedo criticar a la administración Trump en público, aunque sus decisiones me duelan". ¿Es un punto de vista válido? ¿Acaso alguien puede influir sobre esta administración?

Es un juicio que tiene que hacer la gente. Como alguien que ha ocupado puestos de gran responsabilidad en dos presidencias distintas, creo que las personas que piensan que por participar en consejos que se reúnen cuatro veces al año van a lograr tener algún efecto sobre las políticas pública son muy, muy ingenuas. La posibilidad de la falta de legitimidad tiene muchas más probabilidades de condicionar las decisiones de una administración.

La trampa de la eficacia, en la que uno no se posiciona para seguir siendo eficaz, se ha demostrado históricamente como un engaño reconfortante en lugar de una realidad. Ha pasado tanto en Europa durante la década de 1930, el mundo corporativo en las décadas de 1980 y 1990, y dentro del Gobierno de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam y el Watergate.

¿Recomendaría entonces a quienes forman parte de ese consejo y cuyas opiniones difieran dramáticamente de las de la administración Trump que dimitieran?

No espero ni le pido a nadie que dimita directamente en esa primera reunión [celebrado el pasado viernes]. Lo que espero es que se produzca un diálogo muy sincero y directo. Mi observación –así lo vi durante las administraciones demócratas– es que los líderes empresariales se han mostrado demasiado reacios a decir a los presidentes lo que realmente pensaban sobre sus políticas. Su discurso sonaba muy distinto antes de la reunión a cuando se sentaba frente al presidente. Siempre desaconsejé esa actitud porque consideraba que podrían ayudar mejor al presidente con consejos sinceros y directos.

Pero por el bien de su reputaciones, por el bien de sus empresas, les aconsejaba: si se sienten básicamente incómodos con la orientación de una política, no deberían permitir que su reputación dé legitimidad a las acciones del Gobierno.

Resulta aún más complicado con esta administración porque el presidente Trump ataca a empresas individuales. Starbucks adopta una postura firme y se compromete a contratar a refugiados, así que los defensores de Trump lanzan en seguida un "boicot a Starbucks". Por otro lado, también hubo una respuesta muy positiva entre los consumidores. Si uno es CEO y piensa en sus objetivos económicos y que tiene una responsabilidad en el corto plazo con sus accionistas, ¿ha de expresarse libremente sin más?

Es complicado. Se tiene que encontrar un equilibrio. Si los CEO que dan trabajo a cientos de miles de personas no están correctamente posicionados para decirle la verdad al Gobierno, ¿quién lo estará?

Habrá lealtad de trabajadores y clientes con los negocios que defiendan sus principios. Desde el extranjero, los trabajadores y los consumidores juzgarán con dureza a los que se mantengan al margen por miedo.

Pero llegados a este punto, fuera del sector de la tecnología, donde creo que se han posicionado bastantes personas, es difícil de creer que partiendo de donde nos encontramos no deberíamos ser más claros al respecto.

También es cierto, y tal vez este sea otro punto importante, que los números lo aguantan todo. Es posible que el presidente tuitee negativamente sobre un CEO concreto, pero no creo que declarar la guerra contra el Business Rountable [grupo de presión de algunas de las empresas estadounidenses más grandes] sea una buena estrategia. Tampoco contra la Cámara de Comercio, los grandes grupos industriales y la totalidad del consejo de asesores económicos. El arte del liderazgo y la política es descubrir cómo ser efectivo.

Ojalá que mi miedo sea solamente un reflejo de los primeros días. Ojalá durante los próximos días, semanas y meses veamos una administración que vuelve a unas normas más estadounidenses. Nada me complacería más, pero no puedo decir con confianza que lo crea.

Ha mencionado varias veces el paralelismo con la Europa de la década de 1930. ¿Cómo de lejos cree que puede llegar a ser?

Si la historia nos ha enseñado algo, es que se puede combatir el autoritarismo mucho mejor durante sus primeras fases que cuando ya está más avanzado. No digo que crea que la democracia estadounidense se ha, de algún modo, perdido. Tengo muchísima fe en la resiliencia de las instituciones estadounidenses.

Sin embargo, su resiliencia no ocurre de manera automática. Sucede porque la gente percibe un peligro y toma medidas. Creo que uno puede aprender de los ejemplos más extremos sobre el tipo de ideas morales que importan, sobre las amenazas que van más allá, sobre el tipo de amenazas al sistema estadounidense que hemos visto desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Beneficiará Trump a la economía si consigue simplificar el régimen tributario? ¿Si elimina algunos impuestos innecesarios? ¿Si relanza el gasto en infraestructuras? La bolsa ha subido.

No estoy seguro de que vaya a lograr ninguna de esas cosas. Yo diría que la gente va a recordar este momento y pensará que sufríamos algún tipo de subidón de azúcar. Ya sabes, el mejor período de la bolsa del siglo XX después de unas elecciones fue tras la elección de Herbert Hoover [presidente de los Estados Unidos entre marzo de 1929 y marzo de 1933 y elegido meses antes de la Gran Depresión].

Creo que resulta difícil imaginar algo peor para los negocios estadounidenses a largo plazo que la renuncia de Estados Unidos a su posición de líder mundial, que Estados Unidos deje de ser el faro de la libertad y las oportunidades; que dejar de defender los hechos y las pruebas como la base de las toma de decisiones y apostar por el prejuicio y el rencor.

Pienso que si crees, como muchos líderes empresariales y yo creemos, que el éxito de los negocios y el éxito de Estados Unidos van de la mano, entonces no puedes limitarte a creer que deberías ayudar a las empresas porque será bueno para el país. También tienes que creer que defender los valores estadounidenses a largo plazo es vital para los intereses de los negocios a largo plazo.