En lo que a espectáculos de liderazgo se refiere, las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 se han convertido en el equivalente a un taquillazo de Hollywood. Los comicios incluyen protagonistas famosos, secundarios de primera, villanías, intrigas y lo que se está convirtiendo en un final lleno de suspense. Cada característica, truco y defecto del liderazgo sobre el que se tiene constancia se puede ver en esta campaña electoral.

Se podrían escribir volúmenes y volúmenes enteros sobre los estilos de liderazgo de los candidatos, estratégicamente amplificados desde que se organizaran las convenciones de nominación de sus partidos el pasado verano. La actitud inflamable, directa desde el estómago y de llanero solitario de Donald Trump disparando desde su Twitter contra un supuesto mundo hostil choca frontalmente con la tenacidad sabia y serena de Hillary Clinton, quien se ha rodeado de un selecto clan de estrellas para avalar la compasión que esconde la candidata bajo su determinación de hierro. 

Si miramos más allá de la tensión del momento, reconoceremos esas características como caricaturas clásicas del liderazgo, tan dramáticas y fáciles de identificar. ¿Quién no ha conocido a un mánager bravucón que conseguía salir impune de cosas que habrían provocado el despido inmediato de otros? ¿A quién no le ha parecido en ocasiones refrescantemente sincero? ¿Quién no ha conocido a alguien que seguía cumpliendo con su trabajo pese a que en cada evaluación le recomendaban sonreír un poco más? ¿Quién no se ha animado y desesperado a causa de uno de esos estilos en el drama diario que es el trabajo?

Un forofo del liderazgo puede rastrear el origen de estos estilos hasta la clasificación de los tipos de autoridad hecha por Max Weber: la tradicional, construida sobre el patriarcado y la propiedad, y la legal o racional, construida bajo el control de la burocracia y las leyes. (Para el tercer tipo de autoridad, la carismática, tendríamos que añadir el presidente Obama a la mezcla).

Weber consideraba la autoridad legal-racional como el sello de una sociedad avanzada, la misma que sentaría las bases para el surgimiento de gestores y administradores durante gran parte del siglo XX. Este planteamiento comenzó a invertirse con la distinción todavía vigente de Abraham Zaleznik entre líderes (personas que inspiran cambios) y mánagers (quienes mantienen en funcionamiento las instituciones). Las últimas teorías han separado el liderazgo de las instituciones por completo, lo han convertido en una mezcla de virtudes y capacidades personales. El carisma vuelve a estar de moda.

Uno podría aprovechar la distinción de Zaleznik para retratar los candidatos a la presidencia de EEUU como un líder que no puede gestionar y una mánager que no puede liderar. O uno podría emplearla para ilustrar los fallos de una dicotomía que suele reforzar los estereotipos. Esas etiquetas pueden disfrazar prejuicios sobre quién es apto (o no) para liderar. El atrevido "líder" (masculino) capaz de interpretar en un vistazo los grandes asuntos y la "mánager" (femenina) cautelosa y orientada al detalle representan los elementos básicos de un techo retórico que puede mantener el liderazgo fuera del alcance de las mujeres.

Pero a pesar de todas las diferencias entre Donald Trump y Hillary Clinton, uno también ha de reconocer sus similitudes. Ambos estilos "funcionan". En sus discursos a las primarias como candidatos por el Partido Republicano y el Partido Demócrata respectivamente, ambos identificaron y nombraron amenazas que sus seguidores reconocen –un declive económico desesperado, el totalitarismo intolerante y fanático–. Ambos retrataron a su oponente como un presagio de esas amenazas y se dibujaron a sí mismos como faros de esperanza en la oscuridad. La gente encuentra a los dos sospechosos por sus relaciones con la atención pública; uno la ansía, otra la rehúye. Tanto Clinton como Trump cuentan con una legión de seguidores y otra de críticos.

Eso podría llevarle a concluir que Trump y Clinton son la prueba de que estilos contrarios pueden resultar igual de exitosos o desastrosos, de admirados e injuriados, de creíbles y rechazados... todo según cómo se adapten a sus seguidores y circunstancias. 

"Todos los estilos funcionan en alguna ocasión y en alguna parte" no es sólo la más superficial de las conclusiones, también representa una peligrosa y negligente excusa para evitar debates más profundos.

Centrarse en la eficacia o naturaleza apropiada del estilo es negligente porque ignora las cuestiones sobre el carácter, los compromisos y las alianzas que revelan los estilos de los líderes. ¿Qué impulsa sus visiones? ¿De quiénes son las voces que amplifican o silencian? ¿Quién se beneficiaría y quién sufriría si cumplen sus objetivos?

Preocuparse únicamente por el estilo es peligroso. Sugiere que ninguna de esas cuestiones importa demasiado; que siempre que uno logre lo que quiera de forma que complazca a suficientes personas, será un líder. Y si no lo hace, o lo consigue pero no complace lo suficiente, la culpa es suya. Considerar el liderazgo solo como influencia con estilo equivale a reducirlo a narcisismo eficaz. Autoriza el tipo de liderazgo que después censuramos.

Por tanto, temo cuando los ejecutivos me preguntan sobre el estilo de liderazgo más eficaz. La preocupación detrás de esa duda suele ser egoísta: ¿Cómo puedo ser considerado un líder y salirme con la mía? También me inquieta cuando alguien pide el estilo más apropiado. Puede ser una señal de que haya internalizado los prejuicios de otros como un problema suyo.

Mi respuesta es la misma en ambos casos.

Olvídese del estilo. Hable sinceramente acerca de lo que espera conseguir y cómo piensa hacerlo en un lenguaje que la gente entienda. Explique por qué les conviene, cuál será el precio y quién lo pagará. Entonces podrá estar seguro de que su estilo funcionará, al menos para los que se sientan representados por su voz.

Aunque los críticos y analistas pueden disfrutar al comentar el estilo de liderazgo más de moda esta temporada, la cuestión más importante es lo que han hecho estos dos aspirantes a líder y lo que tienen planeado hacer: ¿por qué, cómo y para quién? Cuando acaba el espectáculo y comienza la práctica, lo que importa es el carácter, los compromisos y las alianzas. Siempre triunfarán sobre el estilo.