En una era de cambios tecnológicos y sociales tan rápidos que en la que la jerga empresarial parece nacer incluso antes que las start-ups disruptivas que la acuñan, la carrera del abogado y tratadista Peter Drucker quizá sea tan instructiva como sus textos. ¿Por qué su trabajo sigue pareciendo igual de novedoso y vibrante hoy? ¿Cómo evitó tanto escribir solo de modas pasajeras como subirse al tren de otros?

Para empezar, era un ciudadano del mundo. Drucker, considerado uno de los mayores teóricos de la gestión empresarial del siglo pasado, vivió en Austria, Alemania, Inglaterra y finalmente Estados Unidos. La clase media alta de la Viena de principios del siglo XX enfatizaba la educación, la cultura, el arte, la música, la consciencia histórica, la urbanidad y el aperturismo internacional. Drucker aprendió de todo ello con algunos de sus contemporáneos más brillantes. En sus memorias, Adventures of a Bystander (Las aventuras de un observador), recuerda sus encuentros con celebridades como el visionario Buckminster Fuller y el teórico de la comunicación Marshall McLuhan, quien creó y popularizó el concepto de aldea global. El propio Drucker vivió en esa aldea. Seguramente ese cosmopolitismo le ayudó a desarrollar parte de su perspectiva distintiva.

Pero la historia detrás de su prolífica carrera sólo empieza ahí. También podemos considerar a Peter Drucker como un viajero en el tiempo. No solo tenía un conocimiento enciclopédico de los hechos históricos, sino que además podía situar los acontecimientos contemporáneos en un contexto histórico e inferir su evolución. Drucker interpretaba el futuro de una manera única no sólo por ser un hombre de mundo, sino porque también era un hombre del pasado.

Le pregunté una vez al profesor Drucker –así le sigo recordando– si se consideraba más un estudioso de la historia o un teórico de la gestión. Sin apenas vacilar, contestó "más un estudioso de la historia". El conocimiento histórico de Drucker por supuesto no puede interpretarse "mecánicamente". La historia no se repite, no sigue unas reglas o leyes predeterminadas como sugirieron Karl Marx y Oswald Spengler. 

No obstante, puede decirse que el ser humano ha cambiado muy poco a lo largo de la historia conocida. Ganamos, por tanto, una perspectiva muy valiosa cuando interpretamos acontecimientos actuales y futuros bajo el prisma de la historia.

Esto describe perfectamente la gran fortaleza teórica de Drucker. También la debilidad más notable de muchos autores sobre gestión cuyo conocimiento histórico es fragmentario y superficial, si no totalmente inexistente. Drucker contaba con una base mucho más amplia de saber histórico que lo diferenciaba de otros autodenominados especialistas en historia empresarial, pero que sin embargo apenas han estudiado una pequeña parte de la misma.

El libro de Drucker Management Challenges for the 21st Century (El management del siglo XXI), es un ejemplo. Su análisis de las tecnologías de la información a partir de la historia de la imprenta ofrece conclusiones sorprendentes. Tal y como él lo veía, los vencedores de la revolución de las TI no son los desarrolladores de hardware y software actuales, sino las empresas que tengan acceso a conocimiento y contenidos.

En la gestión y administración de empresas, resulta fácil caer presa de eslóganes, clichés y muletillas. Los términos de moda se imponen cuando falla la comprensión histórica. Muchos autores pretenden crear algo nuevo cuando realmente solo sirven vino viejo en odres viejos. Esto recuerda a la idea del filósofo George Santayana de que aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo.

Dado que Peter Drucker entendía la historia como pocas personas han sido capaces, podía dilucidar el futuro de una manera que era característica de él: con conocimientos exhaustivos, asociaciones de conceptos ingeniosas e inusuales así como la voluntad de sumergirse totalmente en las ideas. Una de mis anécdotas favoritas sobre él incluye estas tres facetas.

Hace muchos años, le pregunté si conocía la obra Oráculo manual y arte de prudencia del jesuita español Baltasar Gracián (1601-1658). Me había impresionado que el famoso filósofo Arthur Schopenhauer hubiera aprendido español sólo para poder leerla en su versión original. Drucker no sólo estaba muy familiarizado con Gracián y sus obras, sino que había ido aún más lejos que Schopenhauer. Me escribió el profesor Drucker:

"Mi padre me regaló el libro hace 72 años cuando dejé Viena para convertirme en aprendiz empresarial en Hamburgo...Varios meses después descubrí [el filósofo danés Søren] Kierkegaard. Y esos dos se han convertido en los puntales de mi vida. Gracias a Gracián, aprendí por mi cuenta suficiente español para poder leer su obra en su idioma original – y junto con eso aprendí suficiente danés para leer también la obra de Kierkegaard en su idioma original".

Además de su perspectiva global y profundos conocimientos históricos, la mente de Drucker poseía otra característica más que sólo he observado hasta tal punto en el escritor argentino Jorge Luis Borges: la competencia de la "bisociación". Borges no sólo parecía haber leído todo lo habido y por haber, también tenía la capacidad de conectarlo y extraer las conclusiones más improbables. Lo mismo ocurría con Peter Drucker. Establecía paralelismos y reconocía la afinidad entre procesos históricos actuales y futuros; dibujaba un gran arco intelectual entre ellos. Personas como Drucker y Borges parecen tener memoria enciclopédica. Pero eso solo no basta; la habilidad real radica en la capacidad de realizar conexiones bisociativas. El autor húngaro (y contemporáneo de Drucker) Arthur Koestler consideraba esta competencia como la verdadera fuente de la creatividad.

Cuando Peter Drucker nos enseñaba, empleaba la historia como herramienta. Nos ponía un espejo delante que sigue abriendo nuevas perspectivas y nos ayuda a entender mejor el futuro.