Las elecciones del pasado fin de semana en Francia han reducido la lista de 11 candidatos a dos: la candidata más antieuropeísta, la nacionalista Marine Le Pen, y el candidato más europeísta, Emmanuel Macron. Por primera vez en la historia de casi sesenta años de la V República, ninguno de los partidos dominantes tanto en la izquierda como la derecha dispondrán de un candidato en la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales. Aunque Macron es el candidato que promete más continuidad con las políticas del anterior Gobierno, fundó su propio movimiento político hace tan solo un año y nunca ha ocupado ningún puesto electo. Sin embargo, y a pesar de que es el claro favorito para ganar, una mirada más amplia al contexto actual demuestra que su victoria podría suponer únicamente una breve tregua en el sentimiento nacionalista y antieuropeísta que emerge en Europa desde hace un tiempo.

La segunda vuelta de las elecciones ha sido el último de una larga cadena de acontecimientos que han transformado el panorama político de Francia. En tan solo unos meses, el país ha expulsado pacíficamente a prácticamente todos los líderes de su (anterior) clase política. El presidente actual, François Hollande, era tan irremediablemente impopular que se vio obligado a no buscar un segundo mandato. Las elecciones primarias para el candidato del principal partido conservador, Los Republicanos, eliminaron al expresidente Nicolas Sarkozy y al exprimer ministro Alain Juppé. Del mismo modo, los militantes del Partido Socialista se deshicieron durante las primarias del antiguo primer ministro de Hollande, Manuel Valls. El resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales ha propinado ahora el coup de grâce al último superviviente: el antiguo primer ministro de Sarkozy asediado por escándalos, François Fillon; el mismo que a finales del año pasado parecía que solo necesitaba esperar sentando para suceder a Hollande como presidente.

Todo esto revela el alcance del rechazo público al establishment político francés. Francia sigue el precedente marcado por las elecciones presidenciales de Austria del año pasado. La división política tradicional entre derecha e izquierda basada en la clase social, se ha visto arrinconada al menos temporalmente por otra entre una Francia nacionalista, autoritaria, proteccionista y cerrada culturalmente -la representada por Le Pen-, y otra internacionalista y abierta cultural y económicamente, -la defendida por el joven exbanquero Macron-. Por un lado está la Francia pesimista que lucha contra la adversidad que azota pueblos pequeños y áreas semiurbanas; por otro, la Francia "victoriosa" y optimista representada sobre todo por las grandes ciudades conectadas.

Ningún candidato de estas elecciones se ha presentado desde una posición tan claramente proeuropea como Macron. Su predecible victoria en la segunda vuelta –las encuestas sugieren que debería obtener nada menos que el 60 % de los votos– debería posibilitar políticamente que la UE persiga estrategias más “prointegración” frente a crisis, entre otras, como las de la eurozona y los refugiados. Así debería ser sobre todo si los comicios alemanes de septiembre se decantan a favor del candidato del Partido Socialdemócrata a la cancillería, Martin Schulz. Una victoria de Schulz revitalizaría el tándem franco-alemán, uno indispensable para cualquier gestión de crisis eficaz dentro de la Unión Europea. Incluso si los alemanes eligen a Angela Merkel para un cuarto mandato, el tándem podría tener más capacidad de iniciativa y liderazgo que durante la última década. Debido a limitaciones financieras y políticas nacionales, ni Sarkozy ni Hollande pudieron emular el tipo de papel desempeñado por otros presidentes franceses como Valéry Giscard durante la década de 1970 y François Mitterrand durante la década de 1980 y principios de la década de 1990.

Pero Macron solo podrá desempeñar este papel y establecer una alianza igualitaria con Alemania si logra darle la vuelta a la situación social y económica de Francia. Desde la crisis económica global, las desigualdad entre Francia y Alemania no ha hecho más que aumentar. El indicador más llamativo de los males económicos de Francia es su tasa de desempleo. Cercana al 10 %, es el doble de las de Alemania, Reino Unido y Estados Unidos. Además, el desempleo afecta a casi una cuarta parte de los franceses de entre 18 y 25 años. Su deuda pública también ha aumentado más rápido que la de su vecino al otro lado del Rin.

¿Podrá Macron, si finalmente es elegido, abordar estos problema y generar el cambio que parece buscar la ciudadanía francesa? A pesar de su discurso, no está claro realmente cuánto desea hacerlo. Macron fue el asesor más próximo de Hollande durante dos años antes de convertirse, durante otros dos años, en uno de sus ministros. Desde esos cargos, Macron tuvo mucho que ver con el cambio de rumbo a favor de la empresa privada en la política económica de Francia. Lo hizo antes de, finalmente, decidir montar su propio movimiento político y lanzar su candidatura presidencial por su supuesta frustración frente a los obstáculos que se encontró al intentar reformar la economía francesa más rápida y radicalmente. Ahora pretende suavizar las regulaciones y restricciones impuestas a las empresa, pero sin reducir los derechos de los trabajadores ni los niveles actuales de protección social. También pretende limitar el déficit del presupuesto gubernamental, pero a la vez que se aumenta el gasto público en algunas áreas y se reduce una serie de impuestos y contribuciones sociales de empresas y trabajadores. Macron ha dicho más bien poco sobre los 60.000 millones en recortes del gasto que necesitaría para conciliar estos objetivos contradictorios.

Resulta imaginable entonces que, una vez asuma el cargo, Macron intente ser un reformista del mercado más audaz de lo que sugiere su trayectoria: de otro modo, es muy probable que tema que su mandato acabe en un fracaso como el de Hollande. No obstante, su margen de maniobra política tras las elecciones parlamentarias de junio podría resultar muy limitado.

Porque, en la práctica, Macron encontrará muy difícil formar un gobierno estable. El movimiento político de Macron, En Marche! (¡En Marcha!), presentará candidatos en todos los distritos parlamentarios, pero por ahora no dispone de ningún diputado. El propio Macron ha prometido que la mitad de sus candidatos serán miembros de la “sociedad civil" sin experiencia parlamentaria previa como miembros de un partido político. Es altamente improbable que, empezando de cero, logre obtener una mayoría de los escaños. De otro modo, para formar un gobierno respaldado por una mayoría parlamentaria, algo que desde luego necesitará si no quiere convertirse en un presidente ineficaz, tendrá que ganarse la confianza de algunos parlamentarios de entre las filas moderadas del Partido Socialistas a su izquierda y/o de los miembros moderadores del conservador Los Republicanos a su derecha. Una mayoría de ese tipo tiene pocas posibilidades de ser ni demasiado estable ni sólida, sobre todo si, tras la luna de miel, la ciudadanía se decepciona con los resultados de sus políticas y se reducen por ello los incentivos para que el resto de diputados las apoyen. 

Paradójicamente, tras una campaña en la que, para aplacar a un electorado profundamente descontento, prácticamente todos los candidatos aparentaron ir contra "el sistema”, parece que Francia finalmente elegirá el candidato del statu quo: Macron. Si fracasa su presidencia, probablemente signifique aún más desafección con el orden establecido. Entonces, los ciudadanos franceses considerarán que, uno tras otro, izquierda, derecha y centro tradicionales han fracasado. Eso podría significar que aunque Le Pen, casi con toda seguridad, fracase en su primera candidatura al Elíseo, las perspectivas de su partido podrían ser mucha más brillantes en 2022.

Una versión distinta de este artículo fue publicada por INSEAD Knowledge.