Como viajeros constantes y padres de un niño de dos años, a veces fantaseamos acerca de cuánto trabajo podremos hacer cuando uno de los dos embarca en un avión, sin las distracciones de móviles, amigos y Buscando a Nemo. Nos apresuramos a despachar todos los preparativos: hacer las maletas, pasar por seguridad, hacer una última llamada de trabajo, llamarnos entre nosotros y subir al avión. Entonces, cuando intentamos disfrutar de esa increíble sesión de trabajo en el aire, no logramos hacer nada. Aún peor, después de refrescar el correo electrónico o leer los mismos estudios una y otra vez, cuando aterrizamos estamos demasiado agotados como para seguir lidiando con los correos entrantes que inevitablemente se han acumulado.

¿Por qué debería agotarnos volar? Sólo nos sentamos allí sin hacer nada. ¿Por qué no podemos ser más duros –más resistentes y constantes con nuestro trabajo– para lograr todos los objetivos que nos hemos fijado? Basándonos en nuestra investigación actual, hemos llegado a darnos cuenta de que el problema no es nuestra agenda frenética, tampoco el trayecto en avión; el problema surge de un mal entendimiento de lo que significa la resiliencia, y el impacto resultante de la sobrecarga de trabajo.

A menudo adoptamos un enfoque militar, "duro", para la resiliencia y las agallas. Nos imaginamos un marine arrastrándose por el barro, un boxeador que aguanta un asalto más o un futbolista que se levanta del césped para participar en una nueva jugada. Creemos que cuánto más aguantemos, más duros seremos y por tanto más éxito tendremos. Sin embargo, este planteamiento al completo es científicamente impreciso.

La propia falta de un período de recuperación está limitando dramáticamente nuestra capacidad colectiva de ser resistentes y exitosos. Las investigaciones han demostrado que existe una correlación directa entre la falta de recuperación y un aumento de las incidencias de problemas de salud y seguridad. Y la falta de recuperación –tanto por los pensamientos sobre el trabajo que nos interrumpen el sueño o por el continuo estímulo cognitivo generado por el uso constante del móvil– está costando a nuestras empresas 62.000 millones de dólares (unos 56 millones de euros) al año en pérdidas de productividad.

Y sólo porque el trabajo termina, no significa que nos estemos recuperando. "Dejamos" de trabajar a veces a las cinco de la tarde, pero entonces pasamos la noche elaborando soluciones para problemas del trabajo, hablando del trabajo en la cena y quedándonos dormidos pensando en cuánto trabajo haremos mañana. En un estudio publicado hace unos meses, unos investigadores de Noruega encontraron que el 7,8% de los noruegos se han convertido en adictos al trabajo. Los científicos citan una definición de "adicción al trabajo" como "preocuparse excesivamente por el trabajo, estar impulsado por una motivación profesional incontrolable e invertir tanto tiempo y esfuerzo en el trabajo que afecta negativamente a otras áreas importantes de la vida".

Creemos que el número de personas que cumplen con esa definición incluye a la mayoría de los trabajadores estadounidenses, incluidos los que leen HBR. Por eso decidimos llevar a cabo un estudio sobre la adicción al trabajo en Estados Unidos. Nuestro estudio empleará un gran conjunto de datos de una empresa médica para examinar cómo la tecnología alarga las horas de trabajo y por tanto interfiere con la necesaria recuperación cognitiva, lo que se transforma en enormes costes médicos y de rotación de personal para los empleadores.

El concepto erróneo de la resiliencia a menudo se aprende desde una edad muy temprana. Los padres que intentan enseñarles resiliencia a sus hijos podrían celebrar que un alumno de instituto se quede despierto hasta las tres de la madrugada para terminar un proyecto para la feria de ciencias. ¡Menuda visión de la resiliencia! Un hijo resiliente es uno descansado. Cuando un alumno agotado acude al colegio, se arriesga a perjudicar a todos los que se crucen con él de camino por su conducción disminuida; carece de los recursos cognitivos para rendir bien en su examen de lengua; tiene menos autocontrol con sus amigos; y en casa se muestra malhumorado con sus padres. La sobrecarga y el agotamiento son el antónimo de la resiliencia. Y los malos hábitos que adquirimos de pequeños no hacen más que incrementarse cuando nos incorporamos al mercado laboral.  

En su excelente libro The Sleep RevolutionArianna Huffington escribió: "Sacrificamos el sueño en nombre de la productividad, pero de forma irónica nuestra pérdida de sueño, a pesar de las horas extras que dedicamos al trabajo, suma 11 días de productividad perdida al año por trabajador, o alrededor de 2.280 dólares (unos 2.056 euros)".

La clave de la resiliencia consiste en esforzarse muchísimo, para entonces parar, recuperarse, e intentarlo de nuevo. Esta conclusión se basa en la biología. La homeostasis representa un concepto biológico fundamental que describe la capacidad del cerebro de restaurarse y mantener continuamente el bienestar. El neurocientífico de la Universidad de Texas A&M (EEUU) Brent Furl acuñó el término "valor homeostático" para describir el valor que tienen determinadas acciones para generar equilibrio, y por tanto bienestar, dentro del cuerpo. Cuando el cuerpo se desajusta por el exceso de trabajo, desperdiciamos una cantidad enorme de recursos mentales y físicos intentando recuperar el equilibrio antes de poder avanzar.

Como han escrito Jim Loehr y Tony Schwartz, si dedicamos demasiado tiempo a rendir con intesidad, necesitamos más tiempo de recuperación para evitar el riesgo de quemarnos, de agotarnos. Reunir los recursos necesarios para poder "esforzarse mucho" requiere quemar energías para superar el nivel actualmente bajo de atención. A esto se le llama activación. También agrava el agotamiento. Por  tanto, cuanto menos equilibrados nos volvemos por la sobrecarga de trabajo, más valor tienen las actividades que permiten volver a un estado de equilibrio. El valor de un período de recuperación aumenta en función de la cantidad de trabajo que tengamos que ejecutar.

Así que, ¿cómo recuperar y aumentar la resiliencia? La mayoría de la gente da por hecho que si dejamos de ejecutar trabajos como contestar correos electrónicos o escribir un trabajo, nuestros cerebros se recuperarán de forma natural de manera que cuando empecemos de nuevo más tarde el mismo día o a la mañana siguiente, habremos recuperado nuestras energías. Pero seguramente todos los lectores de este artículo han experimentado noches en las que se quedan tumbados en la cama durante horas, incapaces de dormir porque el cerebro sigue pensando en el trabajo. Si uno se queda en la cama durante ocho horas habrá descansado, pero igualmente podrá sentirse agotado al día siguiente. Eso es porque el descanso y la recuperación no son lo mismo. Parar no significa recuperarse.

Si intenta aumentar su resiliencia en el trabajo, necesita disfrutar de períodos de recuperación internos y externos. Como los investigadores Zijlstra, Cropley y Rydstedt escribieron en su trabajo de 2014:  "La recuperación interna se refiere a los períodos más cortos de relajación que se producen dentro del marco diario de la jornada laboral o dentro del entorno laboral. Se trata de descansos cortos programados o espontáneos que surgen al desplazar la atención o cambiar a otras tareas profesionales cuando los recursos mentales o físicos requeridos para la tarea inicial están temporalmente mermados o agotados. La recuperación externa se refiere a acciones fuera del trabajo, durante el tiempo libre entre días laborables, los fines de semana y vacaciones".

Si después del trabajo se queda tirado en la cama y se altera con comentarios políticos en su móvil o se estresa pensando en decisiones sobre cómo renovar su casa, su cerebro no ha descansado del estado de alta activación anterior. Nuestros cerebros necesitan descansar tanto como nuestros cuerpos.

Si realmente quiere aumentar su resiliencia, puede empezar por parar estratégicamente. Concédase los recursos necesarios para ser firme y crear períodos internos y externos de recuperación. En su próximo libro The Future of Happiness, basado en su trabajo en la Escuela de Negocios de la Universidad de Yale (EEUU), Amy Blankson describe cómo parar estratégicamente durante el día al usar la tecnología para controlar el exceso de trabajo. Propone descargar aplicaciones como Instant o Moment para comprobar cuántas veces se consulta el móvil a diario. Una persona lo hace de media 150 veces cada día. Si cada distracción sólo llevara un minuto (algo que sería exageradamente optimista), eso representaría 2,5 horas de cada día.

Se pueden utilizar apps como Offtime o Unplugged para crear zonas libres de tecnología al programar estratégicamente horarios en modo avión. Además, se puede disfrutar de un descanso cognitivo cada 90 minutos para recargar pilas. Intente no comer en la mesa del trabajo, sino pasar un tiempo al aire libre o con amigos –sin hablar de trabajo–. Haga uso de todos sus días de vacaciones, algo que no sólo proporciona períodos de recuperación sino que también aumenta su productividad y la probabilidad de un ascenso.

En cuanto a nosotros, hemos empezado a utilizar nuestro tiempo de vuelo como una zona libre de trabajo, como tiempo para profundizar y sumergirnos en nuestra fase de recuperación. Los resultados han sido fantásticos. Normalmente ya nos sentimos cansados para cuando subimos al avión, y la falta de espacio y la conexión irregular a internet convierten trabjar en un desafío. Ahora, en lugar de nadar a contracorriente, nos relajamos, meditamos, dormimos, vemos películas, escribimos en nuestros diarios o escuchamos divertidos podcasts. Y cuando bajamos del avión, en lugar de sentirnos agotados, nos sentimos rejuvenecidos y listos para volver a la zona del rendimiento.