Cuando el huracán Harvey se abalanzó sobre Estados Unidos, el presidente Trump se comprometió a poner a disposición de los afectados todo el apoyo y recursos del Gobierno. Más tarde, la Casa Blanca publicó un comunicado en el que se esbozaba el plan de la administración para poner fondos federales a disposición de las personas afectadas, gobiernos estatales, locales y algunas organizaciones sin ánimo de lucro a fin de satisfacer las primeras necesidades de la emergencia. En los días siguientes, a medida que la lluvia y las crecidas inundaron Texas, los estadounidenses también respondieron con generosidad y sumaron su parte a los recursos entonces disponibles para las víctimas de Harvey. Celebridades y empresas han contribuido con millones de dólares para las diferentes iniciativas de auxilio, las compañías aéreas han ofrecido millas a cambio de donaciones y ayuda para la catástrofe, y los ciudadanos de a pie han dado (y siguen haciéndolo) su tiempo y dinero para ayudar a todas aquellas personas cuya vida se ha visto afectada por el huracán.

Toda esta serie de acciones representan un ciclo familiar. Cuando ocurre alguna tragedia a gran escala, los estadounidenses estamos acostumbrados a ayudar en las semanas y meses inmediatos tras la catástrofe, a recaudar enormes sumas de dinero para ayudar a la comunidad que más lo necesite. Esto es encomiable y habla bien de nuestra capacidad de empatía, de lo que debe ser una simple buena vecindad. Pero, ¿cuánto benefician realmente este tipo de inversiones? Claramente, tener a mano millones de dólares para ayudar a las ciudades y pueblos devastados por las inundaciones es mejor que no tenerlo. Sin embargo, muchas de estas comunidades necesitaban asistencia mucho antes de que llegara el huracán. Esta necesidad sin resolver es la que sentó las bases para los graves problemas a los que se enfrentan ahora.

Una gran cantidad de investigaciones epidemiológicas ha demostrado que ciertos grupos tienen más probabilidades que otros de sufrir las peores consecuencias cuando ocurre un desastre. Se trata de inmigrantes, personas que no hablan inglés, minorías, pobres y personas que viven en viviendas de alta densidad. En concreto, la vulnerabilidad económica puede agravar significativamente los efectos de cualquier desastre.

Los pobres a menudo carecen de seguro, formas de moverse y lugares a los que huir cuando se produce algún tipo de desastre, lo que socava su capacidad de sobrevivir a eventos como Harvey y recuperarse en los años siguientes. Esto es especialmente problemático. Normalmente, el tiempo después de un desastre es más doloroso que la catástrofe inicial. Es durante este período cuando las consecuencias del evento a largo plazo en la salud mental y física de las personas toman forma. Hablamos, entre otras, de depresión, trastorno de estrés postraumático, alcoholismo, drogadicción, además del reto de hacer frente a las lesiones originales. Una vez más, son los marginados y los vulnerables quienes soportan el grueso de estos efectos; son ellos quienes terminan por asumir una parte desproporcionada de la carga física y económica que implican las catástrofes.

Aunque los estadounidenses están claramente dispuestos a invertir en la salud de las comunidades que sufren, nuestra tendencia a hacerlo sólo inmediatamente después de tragedias como Harvey significa que los beneficios de esa ayuda serán probablemente mínimos. Al ignorar las comunidades marginadas hasta que son devastadas por un desastre natural, aumentamos la probabilidad de que el coste humano y material, cuando finalmente ocurre, sea mucho mayor. Una estrategia más adecuada sería invertir el dinero necesario para mejorar las condiciones de las comunidades vulnerables antes de que ocurra lo peor; mitigar de antemano los costes de una posible tragedia y ayudar a construir un mundo más saludable. Si bien no existen datos a gran escala sobre la efectividad de la prevención, merece la pena tener en cuenta lo siguientes ejemplos:

  • En una ciudad de un millón de personas, se estimó que un aumento del 10 % al 40 % en el porcentaje de hogares ubicados en zonas urbanas con acceso al transporte público supondría un beneficio anual para la salud de más de 216 millones de dólares (unos 180 millones de euros).
  • Se ha estimado que los programas de prevención de la obesidad en el trabajo que resultan en una pérdida de peso del  5% entre los empleados con sobrepeso y obesos producen un ahorro de 90 dólares (75 euros) por persona para las empresas gracias a la reducción de costes médicos y el absentismo.
  • La inversión en educación infantil tiene una relación coste / beneficio de 1 a 5, debido a la reducción del maltrato infantil, los embarazos adolescentes y la tasa de delincuencia.
  • Cada vez que se aumenta el programa de Crédito sobre el Impuesto de la Renta de los Estados Unidos en un 10 %, la mortalidad infantil disminuye en 23,2 % cada 100.000 niños.

Estos ejemplos ilustran la máxima de "más vale prevenir que curar". Estos ejemplos de prevención se traducen en un ahorro económico importante además de sugerir un modelo que podría aplicarse a otros proyectos más ambiciosos a partir de casos de éxito concretos que mejoren la salud de poblaciones enteras. Podemos comenzar con los grupos que sabemos están ya en riesgo no solo de desastres naturales, sino de los peligros diarios de ser marginados en Estados Unidos. Si uno vive en Estados Unidos y es pobre, enfermo, anciano, no blanco, minoría sexual y refugiado es un hecho que existen amenazas regulares y sistemáticas a su salud, incluso sin que haga falta una "inundación cada mil años". Mientras los desastres diarios de la pobreza y la discriminación se dan en ciudades y pueblos de todo Estados Unidos, nuestra atención se sitúa con frecuencia en otros lugares.

Harvey nos enseña que los estadounidenses están dispuestos a invertir enormes recursos, de forma prácticamente inmediata, para proteger la salud de sus conciudadanos. Si lo decidimos, podemos aprovechar esta generosidad para mejorar las condiciones sociales, económicas y ambientales que configuran la salud pública del país, con una atención especial a los grupos marginados, en lugar de tener que esperar hasta después de un desastre para hacerlo. Un cambio así nos permitiría ayudar a las poblaciones a ser más resistentes frente al próximo Harvey.