SAMUEL ZELLER/UNSPLASH

A menudo me olvido de que soy heterosexual. Simplemente no lo pienso mucho. Cuando me preguntan qué hice este fin de semana, o cuando coloco fotos familiares en mi escritorio en el trabajo, no tengo motivos para preguntarme si lo que digo provocará que alguien se sienta incómodo, o llevará a un "chiste" a mi cuenta, o hará que un compañero de trabajo piense de repente que me atrae. Nuestra cultura está configurada hacia personas heterosexuales como yo para ser nosotros mismos sin tener que pensarlo mucho. Pero para algunos colegas homosexuales, una simple pregunta sobre su fin de semana o la decisión de cómo decorar su espacio de trabajo conlleva un estrés significativo: cómo actuar, en quien confiar y qué compartir. Un estudio reciente encontró que el 46% de los empleados LGBTQ siguen en el armario en su lugar de trabajo, por razones que van desde el temor a perder el puesto hasta evitar los estereotipos. A diferencia de mí, una persona no heterosexual no suele tener el privilegio de pasar un día entero sin recordar su orientación sexual.

Este privilegio de poder olvidar parte de lo que somos no es exclusivo para las personas heterosexuales. Cada uno de nosotros contamos con un fragmento de nuestra identidad que requiere poca atención para protegernos del peligro, de la discriminación o del humor travieso. Por ejemplo, en Estados Unidos, si eres blanco o cristiano o sin discapacidad o heterosexual o de habla inglesa, se trata de identidades particulares que se olvidan fácilmente. Es solo una ordinaria forma de ser.  El privilegio de ser común se combina con las normas y con la gente que nos rodea, y, por lo tanto, se olvida con facilidad.

Casi todas las personas en Estados Unidos tienen una u otra forma de este privilegio de normalidad. No es algo para avergonzarse o negarlo, aunque a veces podría parecer como una acusación. El privilegio de ser ordinario es en realidad una oportunidad. Estudios confirman repetidamente que aquellos con privilegios de ser comunes pueden hablar en nombre de quienes no los tienen e crear influencias de forma particularmente efectiva cuando lo hacen. Muchos de nosotros que buscamos la oportunidad de combatir el fanatismo y los prejuicios en el lugar de trabajo o en nuestra cultura en general, podemos encontrarla mirándonos al espejo: usar la naturaleza ordinaria de quiénes somos como fuente de poder extraordinario.

Por ejemplo, los psicólogos Heather Rasinski y Alexander Czopp observaron cómo la gente percibe las confrontaciones a través de comentarios racialmente sesgados.  Descubrieron que los observadores blancos estaban más persuadidos por los confrontadores blancos que por los negros y calificaban a los negros de más groseros.  La característica de ser blancos les daba más legitimidad cuando hablaban sobre los temas raciales.

De manera similar, los profesores David Hekman, Stefanie Johnson, Maw-Der Foo y Wei Yang estudiaron qué sucede con las personas que intentan abogar por la diversidad en el lugar de trabajo. Las mujeres y las personas no blancas fueron calificadas peor por sus jefes que sus contrapartes contrarias a la diversidad y no blancas. Entre los ejecutivos blancos y hombres no había diferencias en sus calificaciones, no importaba si defendieran o no la diversidad. Encontraron el mismo patrón con las decisiones de contratación. Si un gerente blanco había contratado a alguien que se parecía a él (o alguien que no), eso no tenía ningún impacto en sus evaluaciones de rendimiento. Pero, si un gerente no blanco había contratado a alguien que se parecía a él, salía mal parado. En otras palabras, el privilegio de ser ordinario, esa parte de nuestras identidades sobre las que menos pensamos, es también donde ejercemos una enorme influencia en los demás.

Esta influencia incluso existe online, como lo demostró el científico político Kevin Munger a través de un ingenioso experimento en Twitter. Se centró en las personas que usaban una cierta palabra de manera hostil hacia los demás online. Usando bots con identidades de raza blanca o negra, tuiteó a los hostigadores, "Oye, tío, solo recuerda que hay personas reales que se sienten doloridas cuando las acosas con ese tipo de lenguaje". Este suave tuit de un bot "blanco" que parecía tener 500 seguidores llevó a una reducción en el acoso racista online en el período de siete días después del tuit, mientras que el mismo tweet de un bot "negro" con el mismo número de seguidores tuvo poco efecto (curiosamente, solo los anónimos usuarios de esa palabra en concreto se vieron afectados, los que usaron lo que parecía ser un nombre real y una foto no se vieron afectados por el enfrentamiento). Si este es el efecto que puede tener un tuit leve de un extraño, tenemos que preguntarnos sobre el posible impacto de nuestro privilegio de ser ordinarios.

Para aprovechar nuestro privilegio de ser comunes, esto es lo que podríamos hacer:

  • Primero, descubrir las partes de nuestra identidad en la que menos pensamos. Una vez identificadas, ahí se encuentran nuestros privilegios ordinarios.
  • En segundo lugar, comenzar a aprender lo que las personas que carecen de ese privilegio común encuentran como desafíos en el trabajo, en la escuela y en sus comunidades. Se puede usar internet como un buen punto de partida para las historias de primera mano.
  • En tercer lugar, buscar oportunidades para hablar y actuar. Encarar a las personas es solo una de las muchas maneras en las que podemos usar nuestro privilegio ordinario. En cambio, podemos hacer preguntas, plantear problemas y agregar puntos de vista que no nacen de las discusiones en el trabajo. Podemos introducir datos, invitar a personas a conversaciones y crear interés sobre ideas. Podríamos ampliar los puntos de vista de las personas que no se escuchan en las reuniones y volver a las conversaciones cuando alguien es interrumpido. Podemos reconocer el mérito por el trabajo de las personas y hablar de su talento con los demás. Podemos observar cuándo se produce un sesgo a nuestro alrededor y nombrarlo cuando sucede.
  • En cuarto lugar, tener en cuenta los momentos en los que hablamos sin querer sobre el grupo que pensamos apoyar. No es inusual centrarnos sin darnos cuenta en las personas a las que intentamos ser un aliado, pero es complicado. Cuando eso ocurra, habrá que dar un paso atrás o alejarse, y aprender de aquellos cuyas vidas están directamente afectadas por el problema, en lugar de presentarnos como expertos. Tomar su delantera mientras usamos nuestro privilegio ordinario.

En lo que menos pensamos podría ser desde donde podemos hacer más bien. Cada uno de nosotros tiene algún tipo de privilegio común, y esa es una buena noticia, porque significa que casi todos nosotros tenemos más influencia de la que somos conscientes.